Las brumas de Albion se han retirado.
Durante siglos, la isla permaneció oculta, protegida —o contenida— por fuerzas que pocos comprendían. Los círculos de piedra, los menhires dispersos por sus colinas y valles, no eran simples reliquias de una era primitiva.
Eran parte de algo mayor, una red, un equilibrio, una prisión.
Cuando los cerrojos del Portal a la Diformidad en los Reinos Fronterizos fueron forzados, aunque no completamente abiertos, el mundo cambió. Las corrientes mágicas se tensaron, los vientos de la disformidad soplaron con nueva fuerza… y Albion respondió.
Ahora los menhires vibran, algunos brillan y otros… se agrietan. Y en los lugares donde su poder falla, la realidad se vuelve débil.
Sombras que no deberían existir se deslizan entre las rocas, susurros atraviesan la niebla y la tierra misma parece resistirse a quienes la pisan.
Pero las brumas ya no ocultan nada, barcos llegan desde todos los rincones del mundo, ejércitos pequeños. Bandas dispersas. Señores sin bandera que buscan poder, redención… o algo peor.
Porque todos han comprendido una verdad: quien controle los menhires, decidirá el destino de lo que está por venir.
Y si caen suficientes… no será necesario abrir ningún portal.
El mundo se abrirá por sí solo.
INTRODUCCIÓN DEL ORDEN – “Los Arúspices de Albion”
Mucho antes de que los barcos del Viejo Mundo se atrevieran a trazar rutas hacia Albion, antes incluso de que las brumas se alzaran como un muro impenetrable, hubo quienes aprendieron a escuchar la isla. No eran reyes ni guerreros, sino intérpretes de señales, lectores de lo invisible, guardianes de un conocimiento transmitido en susurros y sacrificios: los Arúspices de Albion, custodios de los presagios y de las piedras antiguas que anclaban el equilibrio del mundo. Durante generaciones observaron los menhires sin intervenir, comprendiendo que su función no era gobernar, sino mantener, pues sabían que aquellas piedras no eran monumentos, sino límites.
Cuando los cerrojos de los Reinos Fronterizos fueron forzados, el cambio no se anunció con fuego ni con gritos, sino con contradicción: augurios que se negaban entre sí, visiones fragmentadas, señales que no podían leerse con certeza. Los Arúspices comprendieron entonces que algo había alterado las corrientes profundas de la realidad, y al dirigir su atención hacia los menhires de su propia tierra, vieron la verdad con una claridad insoportable: las piedras estaban fallando. No cayendo aún, pero debilitándose, vibrando con una tensión que anunciaba ruptura, como si el mundo mismo estuviera conteniendo el aliento.
Sabían lo que ocurriría si esa red se quebraba. No sería una invasión repentina, sino una rendición progresiva de la realidad, un desgarro lento en el que el portal del Caos no necesitaría abrirse por la fuerza, porque el propio mundo dejaría de resistir. Fue entonces cuando tomaron una decisión que sus antecesores habían evitado durante siglos: abandonar Albion. No como exiliados, sino como heraldos de advertencia, llevando consigo fragmentos de conocimiento incompleto, mapas imposibles y la certeza de que solos no podrían sostener lo que estaba a punto de romperse.
Viajaron al Imperio, a Bretonia, a las tierras donde aún se creía que la guerra podía ganarse con acero, y buscaron aliados no prometiendo victoria, sino explicando consecuencias. Convocaron a comandantes, caballeros, hechiceros y mercenarios, no en nombre de reinos ni de dioses, sino de la supervivencia misma, pues entendían que si Albion caía, no lo haría sola. Ahora regresan a su isla, acompañados por aquellos que han decidido creer en sus palabras, sabiendo que cada menhir que logren sostener no será una victoria… sino un aplazamiento del final.
INTRODUCCIÓN DEL CAOS – “Los Emisarios Oscuros”
Albion nunca fue ajena al Caos. Mucho antes de que los hombres del sur soñaran con conquistarla, ya había quienes en la isla comprendían que las piedras no los protegían, sino que los alejaban de su destino. Entre las sombras de sus bosques y en los rincones donde los menhires proyectaban sombras imposibles, surgieron individuos que no temían aquello que los Arúspices buscaban preservar. Estos eran los Emisarios Oscuros de Albion, portadores de una verdad distinta, moldeada por visiones incompletas y susurros que no provenían del mundo material, sino de aquello que aguardaba más allá.
Cuando los cerrojos en los Reinos Fronterizos fueron forzados, ellos no vieron advertencias, sino confirmaciones. Donde los Arúspices percibieron fallo, los Emisarios reconocieron oportunidad. Las visiones se alinearon, las señales cobraron sentido y las piedras, durante tanto tiempo silenciosas, comenzaron a revelar su auténtica naturaleza: no como guardianes, sino como grilletes que habían limitado el flujo del Caos durante eras. Comprendieron entonces que la red no estaba siendo destruida por un enemigo… estaba llegando a su inevitable fin.
Pero incluso ellos sabían que no bastaba con esperar. La ruptura debía ser guiada, acelerada, asegurada. Y para ello, debían hacer lo impensable: abandonar Albion, no para huir, sino para extender su influencia más allá de la isla. Cruzaron el mar hacia el Viejo Mundo, donde encontraron un terreno fértil para sus palabras: campeones sin propósito, hechiceros insatisfechos, guerreros que habían visto demasiado para seguir creyendo en el orden de las cosas. A cada uno le ofrecieron una interpretación distinta, nunca completa, siempre seductora, presentando la caída de los menhires no como destrucción, sino como liberación.
Ahora han regresado. No como conquistadores, sino como catalizadores. Traen consigo seguidores, reliquias corrompidas y la certeza de que incluso sus enemigos contribuirán, sin saberlo, a la caída de las piedras. Porque cada batalla, cada error, cada decisión desesperada acerca un poco más el momento en que la red dejará de sostenerse, y cuando eso ocurra, la realidad misma cederá, y lo que aguarda más allá entrará en el mundo como si siempre hubiera pertenecido a él.





